Saturday, July 25, 2020

JOSE ANTONIO RAMOS SUCRE




JOSE ANTONIO RAMOS SUCRE (1890 –1930)


POEMAS

***

Preludio

YO QUISIERA estar entre vacías tinieblas, porque el mundo lastima cruelmente mis sentidos y la vida me aflige, impertinente amada que me cuenta amarguras. 

Entonces me habrán abandonado los recuerdos: ahora huyen y vuelven con el ritmo de infatigables olas y son lobos aullantes en la noche que cubre el desierto de nieve. 

El movimiento, signo molesto de la realidad, respeta mi fantástico asilo; mas yo lo habré escalado de brazo con la muerte. Ellas es una blanca Beatriz, y, de pies sobre el creciente de la luna, visitará la mar de mis dolores. Bajo su hechizo reposaré eternamente y no lamentaré más la ofendida belleza ni el imposible amor. 

***

Discurso del contemplativo

Amo la paz y la soledad; aspiro a vivir en una casa espaciosa y antigua donde no haya otro ruido que el de una fuente, cuando yo quiera oír su chorro abundante. Ocupará el centro del patio, en medio de los árboles que, para salvar del sol y del viento el sueño de sus aguas, enlazarán las copas gemebundas. Recibiré la única visita de los pájaros que encontrarán descanso en mi refugio silencioso. Ellos divertirán mi sosiego con el vuelo arbitrario y su canto natural; su simpleza de inocentes criaturas disipará en el espíritu la desazón exasperante del rencor, aliviando mi frente el refrigerio del olvido.

La devoción y el estudio me ayudarán a cultivar la austeridad como un asceta, de modo que ni interés humano ni anhelo terrenal estorbará las alas de mi meditación, que en la cima solemne del éxtasis descansarán del sostenido vuelo; y desde allí divisará mi espíritu el ambiguo deslumbramiento de la verdad inalcanzable.

Las novedades y variaciones del mundo llegarán mitigadas al sitio de mi recogimiento, como si las hubiera amortecido una atmósfera pesada. No aceptaré sentimiento enfadoso ni impresión violenta: la luz llegará hasta mí después de perder su fuego en la espesa trama de los árboles; en la distancia acabará el ruido antes que invada mi apaciguado recinto; la oscuridad servirá de resguardo a mi quietud; las cortinas de la sombra circundarán el lago diáfano e imperturbable del silencio.

Yo opondré al vario curso del tiempo la serenidad de la esfinge ante el mar de las arenas africanas. No sacudirán mi equilibrio los días espléndidos de sol, que comunican su ventura de donceles rubios y festivos, ni los opacos días de lluvia que ostentan la ceniza de la penitencia. En esa disposición ecuánime esperaré el momento y afrontaré el misterio de la muerte.

Ella vendrá, en lo más callado de una noche, a sorprenderme junto a la muda fuente. Para aumentar la santidad de mi hora última, vibrará por el aire un beato rumor, como de alados serafines, y un transparente efluvio de consolación bajará del altar del encendido cielo. A mi cadáver sobrará por tardía la atención de los hombres; antes que ellos, habrán cumplido el mejor rito de mis sencillos funerales el beso virginal del aura despertada por la aurora y el revuelo de los pájaros amigos.

***

El resfrío

He leído en mi niñez las memorias de una artista del violoncelo, fallecida lejos de su patria, en el sitio más frío del orbe. He visto la imagen del sepulcro en un libro de estampas. Una verja de hierro defiende el hacinamiento de piedras y la cruz bizantina. Una ráfaga atolondrada vierte la lluvia en la soledad.

La heroína reposa de un galope consecutivo, espanto del zorro vil. El caballo estuvo a punto de perecer en los lazos flexibles de un bosque, en el lodo inerte.

La artista arrojó desde su caballo al sórdido río de China un vaso de marfil, sujeto por medio de un fiador, e ingirió el principio del cólera en la linfa torpe. Allí mismo cautivó y consumió unos peces de sabor terrizo. La heroína usaba de modo preferente el marfil eximio, la materia del olifante de Roldán.

Un sol de azufre viajaba a ras del suelo en la atmósfera de un arenal lejano y un soplo agudo, mensajero de la oscuridad invisible, esparció una sombra de terror en el cauce inmenso.


***

El tesoro de la fuente cegada

Yo vivía en un país intransitable, desolado por la venganza divina. El suelo, obra de cataclismos olvidados, se dividía en precipicios y montañas, eslabones diseminados al azar. Habían perecido los antiguos moradores, nación desalmada y cruda.

Un sol amarillo iluminaba aquel país de bosques cenicientos, de sombras hipnóticas, de ecos ilusorios.

Yo ocupaba un edificio milenario, festonado por la maleza espontánea, ejemplar de una arquitectura de cíclopes, ignaros del hierro.

La fuga de los alces huraños alarmaba las selvas sin aves.

Tú sucumbías a la memoria del mar nativo y sus alciones. Imaginabas superar con gemidos y plegarias la fatalidad de aquel destierro, y ocupabas algún intervalo de consolación musitando cantinelas borradas de tu memoria atribulada.

El temporal desordenaba tu cabellera, aumento de una figura macilenta, y su cortejo de relámpagos sobresaltaba tus ojos de violeta.

El pesar apagó tu voz, sumiéndote en un sopor inerte. Yo depuse tu cuerpo yacente en el regazo de una fuente cegada, esperando tu despertamiento después de un ciclo expiatorio.

Pude salvar entonces la frontera del país maléfico, y escapé navegando un mar extremo en un bajel desierto, orientado por una luz incólume.

***

Edad de plata

Yo vivía retirado en el campo desde el fenecimiento de mi juventud. Lucrecio me había aficionado al trato de la naturaleza imparcial. Yo había concebido la resolución de salir voluntariamente de la vida al notar los síntomas del tedio, al sentir las trabas y cadenas de la vejez. Yo habría perecido cerca de la fuente del río oscuro y un sollozo habría animado los sauces invariables. Mi cisne enlutado, símbolo y memoria de un eclipse, habría vuelto a su mundo salvaje.

Había dejado de visitar la ciudad vecina en donde nací. Me lastimaba la imagen continua de su decadencia y me consolaba el recuerdo de haber combatido por su soberanía.

Mis nacionales ejercitaban sentimientos afectuosos en medio de la infelicidad y me llamaron del retiro a participar en un duelo general. Rodeaban la familia de una doncella muerta en la mañana de sus bodas.

Yo asistí a las exequias y dibujé el movimiento circular de una danza en la superficie del ataúd incorruptible. Meleagro, el mismo de la Antología, escribió a mi ruego un solo verso en donde intentaba reconciliar al Destino.

***

Carnaval

Una mujer de facciones imperfectas y de gesto apacible obsede mi pensamiento. Un pintor septentrional la habría situado en el curso de una escena familiar, para distraerse de su genio melancólico, asediado por figuras macabras.

Yo había llegado a la sala de la fiesta en compañía de amigos turbulentos, resueltos a desvanecer la sombra de mi tedio. Veníamos de un lance, donde ellos habían arriesgado la vida por mi causa.

Los enemigos travestidos nos rodearon súbitamente, después de cortarnos las avenidas. Admiramos el asalto bravo y obstinado, el puño firme de los espadachines. Multiplicaban, sin decir palabra, sus golpes mortales, evitando declararse por la voz. Se alejaron, rotos y mohínos, dejando el reguero de su sangre en la nieve del suelo.

Mis amigos, seducidos por el bullicio de la fiesta, me dejaron acostado sobre un diván. Pretendieron alentar mis fuerzas por medio de una poción estimulante. Ingerí una bebida malsana, un licor salobre y de verdes reflejos, el sedimento mismo de un mar gemebundo, frecuentado por los albatros.

Ellos se perdieron en el giro del baile.

Yo divisaba la misma figura de este momento. Sufría la pesadumbre del artista septentrional y notaba la presencia de la mujer de facciones imperfectas y de gesto apacible en una tregua de la danza de los muertos.

***

La verdad

La golondrina conoce el calendario, divide el año por el consejo de una sabiduría innata. Puede prescindir del aviso de la luna variable.

Según la ciencia natural, la belleza de la golondrina es el ordenamiento de su organismo para el vuelo, una proporción entre el medio y el fin, entre el método y el resultado, una idea socrática.

La golondrina salva continentes en un día de viaje y ha conocido desde antaño la media del orbe terrestre, anticipándose a los dragones infalibles del mito.

Un astrónomo desvariado cavilaba en su isla de pinos y roquedos, presente de un rey, sobre los anillos de Saturno y otras maravillas del espacio y sobre el espíritu elemental del fuego, el fósforo inquieto. Un prejuicio teológico le había inspirado el pensamiento del situar en el ruedo del sol el destierro de las almas condenadas.

Recuperó el sentimiento humano de la realidad en medio de una primavera tibia.
Las golondrinas habituadas a rodear los monumentos de un reino difunto, erigidos conforme una aritmética primordial, subieron hasta el clima riguroso y dijeron al oído del sabio la solución del enigma del universo, el secreto de la esfinge impúdica.

***

Omega

Cuando la muerte acuda finalmente a mi ruego y sus avisos me hayan habilitado para el viaje solitario, yo invocaré un ser primaveral, con el fin de solicitar la asistencia de la armonía de origen supremo, y un solaz infinito reposará en mi semblante.

   Mis reliquias, ocultas en el seno de la oscuridad y animadas de una vida informe, responderán desde su destierro al magnetismo de una voz inquieta, proferida en un litoral desnudo.

   El recuerdo elocuente, a semejanza de una luna exigua sobre la vista de un ave sonámbula, estorbará mi sueño impersonal hasta la hora de sumirse, con mi nombre, en el olvido solemne.

***

Azucena

El solitario divierte la mirada por el cielo en una tregua de su desesperanza. Agradece los efluvios de un planeta inspirándose en unas líneas de la Divina Comedia. Reconoce, desde la azotea, los presagios de una mañana lánguida.

El miedo ha derruido la grandeza y trabado las puertas y ventanas de su vivienda lúcida. Un jinete de máscara inmóvil retorna fielmente de un viaje irreal, en medio de la oscuridad, sobre un caballo de mole espesa, y descansa en un vergel inviolable, asiento del hastío. Las flores, de un azul siniestro y semejantes a los flabelos de una liturgia remota, ofuscan el aire, infiltran el delirio.

El solitario oye la fábrica de su ataúd en un secreto de la tierra, dominio del mal. La muerte asume el semblante de Beatriz en un sueño caótico de su trovador.

Una docenlla aparece entre las nubes tenues, armada del venablo invicto, y cautiva la vista del solitario. Llega el nacimiento del día de las albricias, después del viernes agónico, anunciada por un alce blanco, alumno de la primavera celeste.

***


Visión del Norte

La mole de nieve navega al impulso del mar desenfrenado, mostrando el iris en cada ángulo diáfano. Tiembla como si la sacudiera desde abajo el empuje de unos pechos titánicos; pero la trepidación no ahuyenta al ave, retirada y soberbia en lo más alto del bloque errabundo; antes engradece su actitud extraña, como de centinela que avista el peligro, observando una ancha zona.

Las ráfagas fugaces no alcanzan a rizar el plumaje ni los tumbos de la ola asustan la testa inmóvil del pájaro peregrino, cuyo reposo figura el arrobo de los penitentes. Boga imperturbable a través del océano incierto, bajo la atmósfera destemplada, interrogando horizontes proviosorios.

El ave no despide canto alguno, sino conserva la mudez temerosa y de mal aguero y exalta en leyendas y tragedias la aparición y la conducta de los personajes prestigiadores y vengativos, los que por el abandono de la risa y de la palabra excluyen la simpatía humanitaria y la llaneza familiar.

A vueltas de largo viaje,  circulan aromas tibios y rumores vagos, y ruedan olas abrasadas por un sol flagrante, las que atacan y deshacen la balumba del hielo, con la porfiada intención de las sirenas opuestas al camino de un barco ambicioso.

El panorama se diversifica desde ahora con el regocijo de los colores ardientes, y con la delicia de los árboles vivaces y de las playas bulliciosas, descubriendo al ave su extravío, precaviéndola de conocer tórridas lontananzas, aconsejándole el regreso al páramo nativo; el ave se desprende en largo vuelo, y torna a presidir, desde cristalina cúspide, el concierto de la soledad polar.

***


Penitencial

El caballero de túnica de grana, la misma de su efigie de mártir, aspira a divertirse del enfado jugando con un guante.

Oye en secreto los llamamientos de una voluntan omnímoda y presume el fin de su grandeza, el olvido en la cripta desnuda, salvo el tapiz de una araña abismada en el cómputo de la eternidad. Ha recibido una noche, de un monje ciego, una corona risible de paja.

El caballero se encamina a verse con el prior de una religión adusta y le propone la inquietud, el ansia del retiro. Los adversarios se regocigan esparciendo rumores falaces y lo devuelven a la polémica del mundo.

Las mujeres y los niños lamentan la muerte del cabellero inimitable en la mañana de un día previsto, censuran el éxito de la cuadrilla pusilánime y besan la tierra para desviar los furores de la venganza. El cielo negro, mortificado, oprime la ciudad y desprende a veces una lluvia cálida.

***

Los herejes

La doncella se asoma a ver el campo, a interrogar una lontananza trémula. Su mente padece la visión de los jinetes del exterminio, descrita en las páginas del Apocalipsis y en un comentario de estampas negras.

La voz popular decanta la lluvia de sangre y el eclipse y advierte la similitud con las maravillas de antaño, contemporáneas del rey Lear.

Un capitán, desabrido e insolente con su rey, fija la tienda de campaña, de seda carmesí, en medio de las ruinas. Los soldados, los diablos de la guerra, dejan ver el tizne del incendio o del infierno en la tez árida y su roja pelambre. Un arbitrista, usurpador del traje de Arlequín, los persuade a la licencia y los abastece de monedas de similor y de papel.

La doncella aleja la muchedumbre de los enemigos, prodigando las noches de oración. Se retiran delante de una maleza indeleble, después de fatigarse vanamente en la apertura de un camino. El golpe de sus hierros no encontraba asiento y se perdía en el vacío.

***


Trance

He soñado con la beldad rubia. Miro su despejo y siento su voz.

Inicia con razones elegantes una conversación de motivo lisonjero.

Yo estoy prosternado. Quiero oprimir entre mis manos su diestra delgada y perezosa.

Expone en el lenguaje selecto un suceso de siglos ilustres. Refiere las cuitas de un trovador desengañado.

Yo espío los rasgos de su faz iluminada.

Añade comentarios de crítica afilada y suspicaz, y yo asiento con mudez inescrutable.

***

Ocaso

Mi alma se deleita contemplando el cielo a trechos azul o nublado, al arrullo de un valse delicioso. Imita la quietud del ave que se apresta a descansar durante la noche que avecina. Bendice el avance de la sombra, como el de una virgen tímida a la cita, al recogerse el día y su cohorte de importunos rumores. Crecen silenciosamente sus negros velos, tornándose cada vez más densos, hasta dar por el tinte uniforme y el suave desliz la ilusión de un mar de aguas sedantes y maléficas.

Envuelto en la obscuridad providente, imagino el solaz de yacer olvidado en el son de un abismo incalculable, emulando la fortuna de aquellos personajes que el desvariado ingenio asiático describe, felizmente cautivos por la fascinación de alguna divinidad marina en el laberinto de fantásticas grutas.

Expiran los sones del valse delicioso cuando el sol difunde sus postreras luces sobre el remanso de la tarde. A favor del ambiente ya callado y oscuro disfrutan mis sentidos de su merecida tregua de lebreles alertos. Y a detener sobre mi frente el perezoso giro de su velo, surge del seno de la sombra el vampiro de la melancolía.

***

El asno

Yo no podía sufrir la vivienda lóbrega y discurría por la vega de la ciudad escolar.

Yo disfrutaba la soledad montado sobre un asno y me detenía en presencia de un río sereno. Los pájaros volaban al alcance de la mano y al amor de una ráfaga del infinito. Yo buscaba en el seno de las nubes rasantes el origen de una música de laúdes.

El senescal de un rey santo me había separado de solicitar la salud por medio de las letras y me invitaba a abrazar la humildad de las criaturas insipientes. El trato del senescal me reposaba de la meditación febril.
El rey santo vivía afligido por los reparos de una conciencia mórbida y se calificaba de soberbio al aceptar de sus hermanos el ministerio de criados de su mesa. La etiqueta se inspiraba en un paso de la Biblia.

El rey santo me había dirigido a pensar en los rodeos y asaltos del diablo a las almas de los moribundos. El trote modesto de mi cabalgadura facilitaba el arrobo y la pérdida de mis facultades. El asno frugal y resignado, presente en las ceremonias del culto, dividía conmigo la cuita suprema. Me salvó en una carrera súbita al descubrir, en el enredo de unas espadañas y lentejas fluviales, la obesidad innoble de una esfinge de ojos oblicuos.

***

La redención de Fausto

Leonardo da Vinci gustaba de pintar figuras gaseosas, umbrátiles. Dejó en manos de Alberto Durero, habitante de Venecia, un ejemplar de la Gioconda, célebre por la sonrisa mágica.

Ese mismo cuadro vino a iluminar, días después, la estancia de Fausto.

El sabio se fatigaba riñendo con un bachiller presuntuoso de cuello de encaje y espadín, y con Mefistófeles, antecesor de Hegel, obstinado en ejecutar la síntesis de los contrarios, en equivocar el bien con el mal. Fausto los despidió de su amistad, volvió en su juicio y notó por primera vez la ausencia de la mujer.

La criatura espectral de Leonardo da Vinci dejó de ser una imagen cautiva, posó la mano sobre el hombro del pensador y apagó su lámpara vigilante.

***

La zarza de los médanos

El país de mi infancia adolecía de una aridez penitencial.

Yo sufría el ascendiente de un cielo desvaído y divisaba el perfil de una torre mística.

Los montes sobrios y de cima recóndita preferían el capuz de noviembre. Las almas de los difuntos, según el pensamiento de una criatura pusilánime, se recataban en su esquivez, seguían las vicisitudes de un río perplejo y volaban en la brisa del océano.

Vencíamos el susto de las noches visionarias a través del páramo, en la carroza veloz. Unos juncos lacios interrumpían la fuga de las ruedas y la luna indolente vertía a la redonda el embeleso de sus matices de plata.

La criatura infantil, objeto de mis cuitas, amaba de modo férvido unas flores balsámicas, de origen sideral, imbuidas en el aire salobre. Vivía suspensa del anuncio de la muerte y las demandaba para su tumba. Yo he defendido las hojas montaraces del asalto de las arenas.

El mar salió de sus límites a cubrir el litoral desventurado. Una sombra muda y transparente dirigió el esquife de mi salud al reino de la aurora, a la felicidad inequívoca. Yo despertaba de unos sueños encantados y percibía en el aire del aposento los efluvios de la maleza fragante.

***

Victoria

Su veste blanca y de galones de plata sugería la estola de los ángeles y las galas primitivas del lirio. Una corona simple, el ramo de un olivo milenario, ocultaba sus sienes. Los ojos diáfanos de esmeralda comunicaban el privilegio de la gracia.

Los rasgos sutiles del semblante convenían con los de una forma tácita, adivinada por mí mismo en el valle del asombro, a la luz de una luna pluvial. Uno y otro fantasma, el de la veste blanca y el de la voz tímida, se parecían en el abandono de la voluntad, en la calma devota.

Yo recataba mi niñez en un jardín soñoliento, violetas de la iglesia, jazmines de la Alhambra. Yo vivía rodeado de visiones y unas vírgenes serenas me restablecían del estupor de un mal infinito.

Mi fantasía volaba en una lontananza de la historia, arrestos del Cid y votos de San Bruno. Yo alcancé una vista épica, en un día supremo, al declinar mi frente sobre la tierra húmeda del rocío matinal, reguero de lágrimas del purgatorio. Yo vi el mismo fantasma, el de la voz tímida y el de la veste de azucena, armado de una cruz de cristal. Su nombre secreto era aclamado por los arcángeles infatigables, de atavío de púrpura.


Tuesday, October 23, 2018

PIETRO INGRAO



PIETRO INGRAO (1915-2015)

POESIE

FRATELLANZE

Fluttuando in alto alla luna, perduti
i codici,
ultimo su colline
di morti, m’abbracciavo
a frantumo di ramo

dolcemente scoprivo
fianchi, i seni, il morbido
cavo del ventre, non potrei dire
le palme e se c’era
un fiato, succhiando, ma il sonno, l’ombra,
la smisurata luce,
ostinato indagando scrutavo
le pesanti nodose palpebre
se di fronte a me
s’aprissero.


LA NOTTE

Il grande silenzio
delle rondini radenti
simili a bocche sigillate, allora che a piedi scalzi
invade il fianco l’oscuro, denudarsi,
splendere i muri
nell’opale.
Questi strani sposalizi di un istante.


PADRI E FIGLI

Bianco schiumare di vento
alle mie frontiere, come sei comando
e invocazione violenta.
Mi curvo al rombo dell’ira amorosa:
urla al frutto del suo ventre, strappa
vele al cielo, coltri
delle montagne.
Reclina
il capo furente. Grida.


IMPOSSIBILI

Sorpresi nell’aprirsi
della fame e della luce, infinito
d’uccelli schiudono labbri, ridono
sgomenti, cedono ali al nulla.


ANNUNCI

E scorgere che al tuo scomparire nulla
dell’onda sara’ sospeso, o infranto;
le mute stanze che solo attendono:
chi piu’ non ti scruta,
non esige piu’ nulla
gia’ t’ha abbandonato


TRANSITI (I)

Settembre sono questi cieli
il loro destino incerto
il fulgore morente
come s’aprono piano
le scogliere della luce
s’inumidiscono lembi
a dischiudere segni, come mai prima
s’incupiscono monti
lievi al nostro stupire.


DISORDINE, ORDINE

II crudo zampillo nella cruna
del lampo. Trovammo
fucili nella spianata, enormi
vessilli spenti…
Non potrai cancellare
il lacero sentiero
dove si scioglie la bruna
cantilena dell’autunno: strano, lungo
rossore che non fugge.


FUGGENTE OSPITE

Stringerla in pugno come,
l’ombra del crepuscolo.
O deporla senza polvere nella calma del computer. Forse
inghiottirla, deglutire lentamente
aspirando l’afrore, dove accecata dalla luce
sbanda e s’oscura,
le macchie mortali del transito
serrate nel midollo,
fuggente ospite
all’oscillare del nostro passo.


NESSUN DIO

E s’arravugliano semi,
s’alzano nel velo
di frantumi stellari,
grevi soffi nel brucare sottile di mondi:
cosi’ forme si distillano
nell’arso,
nessun dio le sa
stringere in pugno.


PER “TELLA”

II vento
e’ calmo al tramonto: puo’ prenderti in braccio,
sottile; i ceri, le carte, i trasporti sono soltanto
la rozza mano che sgombera
il tavolo. Il soffio irrequieto
delle tue scalinate
e’ l’incredibile
gremito stellare, la volta a vela. Ieri,
oggi?
Ritorni a questo lume.


SOLO

Solo contemplare l’onda:
senza invocare transito
o cibo: ospitarla
nella mente, senza frutto,
senza tentare alcuna costa,
ne’ alcuna schiuma
frangere. Non piu’ strumento:
leggere il mare.


TRANSITI (II)

Sembra un autunno
un inganno
un lume sedotto
curvo a stringere
il dubbio celato nell’ora,
abbandonato a lisciare l’inclinazione sospesa dove il capo splende nell’istante,
come una scala d’alberi
in declino,
un congedo che sosta.


INCONTRI

Non e’ chiaro le meduse che loro lingua,
lacrime, cupidigia,
non si vede quando ridono.
Il re e la regina. Fuggo all’invocarmi,
e conoscermi; o fuggono
me che fuggo, o scrutare
io il rigo che cinge, il silenzio
del loro fine,
la spenta corolla
l’iride che affonda


CALEMBOUR

E tutto – il suo tutto e’ consumato,
e si consuma, ancora
non essendo in midollo consumato: patendo
il consumarsi e sentirsi consumato,
l’oltre inesorabile, istante
del transito in nulla.
La morte severa come sembra staccarsi:
fuggire dalla terra: nascondersi per essere morte.


CRINIERA

S’abbracciano quiete
argentee solitudini, dove venti viola
cavalcano per stringere
la fuggente criniera dei defunti. Inseguendosi
volavano le braccia levate degli scomparsi,
la gola tesa
nel desiderio dell’impossibile canto: ne’ mai vocabolario
potra’ metterli in riga.


LAVORI

Come e’ penoso mangiare in cielo, e caldo i fianchi
inginocchiati sul computer
sporgersi alle vallate dei pensieri:
come roco stringere in pugno un raggio.


DOMANI, IERI

E nessuno t’inseguira’. Qualche lieve
bagliore. Tornano gli stormi
di ieri, incanutiti dalle nevi,
dall’ovest incrociano febbrili
il tuo cercare. Si vedono rare bandiere
calme. Altri scendono
negli scafi:
solo il chiamare lontano,
la madre, l’eterno
appello allo scendere della sera.
Poi si dira’ il nostro tempo. Da lontano
si smontera’ (alla fine) docilmente:
le obbligazioni di fili avvinti,
i burroni, gli aerei
cavalcavia, le ascisse. Si diranno
le tavole imbandite, il concime deserto.
E la successione nutrirsi del nostro fango.


OZI (I)

Non andrei in viaggio. I meli
quest’anno son grevi; il profumo si sparge
nella vallata come coltri di uccelli
distese. Oscilla
il pensiero. E nel buio apparire
i lunghi desideri.


RITMI

Cadono le luci del vento.
Cadono i reami.
Cadono i veli della mente
le mutilazioni inferte
cadono le macchie
i serrami delle prigioni
le cinture delle piazze.
Cadono i domani le selve dei desideri.
In frantumi
cadono le paludi di grattacieli
le pupille insonni.


LETTERA D’AMORE

Sei un riccio
una betulla
una fame d’erba
un rotolo nel controverso, una goccia
i tuoi stemmi mordicchiati
dallo sporgere nel debole
non giuri vittoria, non urli, ti lasci
cadere cercando;
quando abbracci digrigni i sottili denti.
Sotto il tuo pallore
nell’oscillare tra due olmi,
l’ansia che scavalca l’ordine,
l’abbandonarsi in mare.


CHIAMATA

C’e’ un rombo un’armata
un sordo rullo di tamburo
che avanza all’alba dal fondo
delle metropoli;
senza trombe ne’ squilli
dilaga il lungo
scalpiccio; lente, pesanti,
al suo scuro clamore
in alto si schiudono
le palpebre grevi delle serrande:
fugge il notturno sospirando,
s’alza l’alta febbre
del fare.


EDUCAZIONE SENTIMENTALE

II tintinnio delle catene
questo suono quieto:
ci accompagna
docile per mano,
e s’adatta ubbidiente
al nostro passo. Come muoversi,
un molle crepuscolo, nel passeggio serale.


DUELLI

Immaginate
un fulmine, ma quieto.
E incrini lento: curva prolungata
lacerazione: su l’immota cerchia di torri
avvinghiata alla citta’.
Immaginate si chiuda il fulmine.
Eterna cicatrice.
Esseri neri a passeggio sulle mura.
Degli alberi sul selciato
cancellata l’ombra.


OPERAIO

La stanza, il nitore, la penombra
della cifra: e solo leggere il quadrante:
come un prato.
E’ tempo; e tutto e’ necessario.
Sono i calmi
meriggi della merce’. Tu
fletti naturalmente
nella misurata foresta della macchina.


EPPURE

Per gli incolori
che non hanno canto
neppure il grido,
per chi solo transita
senza nemmeno raccontare il suo respiro,
per i dispersi nelle tane, nei meandri
dove non c’e’ segno, ne’ nido,
per gli oscurati dal sole altrui,
per la polvere
di cui non si puo’ dire la storia,
per i non nati mai
perche’ non furono riconosciuti,
per le parole perdute nell’ansia
per gli inni che nessuno canta
essendo solo desiderio spento,
per le grandi solitudini che si affollano
i sentieri persi
gli occhi chiusi
i reclusi nelle carceri d’ombra
per gli innominati,
i semplici deserti:
fiume senza bandiere senza sponde
eppure eterno fiume dell’esistere.


DOVE

Forse si rompeva la luce
forse eri stanca,
non ci parliamo da tanto,
chiuse
a noi le cattedrali dell’ordine;
solo rotte musiche
del sottosuolo, i rari
sussulti dell’aria,
dove adagio muovono i nostri passi.


CONFLITTI (I)

Fuggiva la luna inseguita
dal nero manto,
gridava alto da squarci
muta vela invocante
pupilla umana a liberarla.


UTILITA’ DELLE RANE

Apprendemmo cadenze
e saziata l’eterna fame,
ascesi al millesimo
piano, da cubi scrutare
rane nei rigagnoli arrampicarsi
a rozzi cieli
donde minacciare noi del millesimo,
allo scendere della cena,
da volubili lumi,
l’angelo quotidiano
cantarci l’inno del tepore di rane
allevate in rigagnoli:
civile cibo umano, senza tanto rumore.


ANAGRAFE

Chi conosce il seme coperto, i girasoli
sotto la luna, i pallidi. Le sbarre
che abbiamo chiuso. Lo zero.


CIBO

Mangiamo, succhiamo, a miliardi.
Canta la musica verde
delle bocche che maciullano; i curvi monti
degli ossi spolpati; l’ansare
di chi vorrebbe.
Ascoltate quieti
il tritore delle mascelle vuote, nel tintinnare
della moneta.
I pianeti
non possiamo berli. Li recinge e governa,
nella superiore bilancia,
l’ombra del foglio sottile
che vola da polo a polo
sulle bocche umane avvinghiate
alla crosta.


NON S’INNAMORA

Non si puo’ dire dove siamo stati. Timbri delle vie
s’accendevano
e morivano, tra ruderi
si scorgevano una mischia, dove l’arancio
assaliva
per irrompere nel grigio
lungamente disteso, grattacieli
sventrati eppure giganti
nell’invadere la mente, morti steli
di una passione.
Abbiamo costruito
l’oggetto che pensa e prevede:
non piange,
non ride, non s’addormenta. Genera.
Non s’innamora.
Cenerentola non ha incontrato questo principe.


I GOVERNATORI

Il carpentiere non li scorge: ne’ sta bene
che li incroci.
Il nome sta scritto, gli ordini
sono alti. Che file lunghe inermi
a radunare gli attestati! Solo alcuni lo fanno.
Si sa che lo fanno per noi;
ne’ s’addormentano: cingono
il caldo globo.
Noi ci fidiamo. Non diciamo
perche’. Non li abbiamo chiamati,
non si puo’ interrogarli. Ma siamo
nel giro, si sa come accadde:
i secoli dell’incendio,
la prima la seconda sterminazione,
e la grande regolazione del cibo, quando
due stemmi si deposero sul globo.
Restano macchie, e inni.
Non si dice ai bambini,
non e’ il caso. I governatori sono calmi.


TESTIMONIANZA

II dito sulla bocca
premendo, l’insanguinato
ucciso:
vedemmo, oh come vedemmo.
Sull’assassinato,
in sera di primavera, il dolce bisturi calmo.


DA DESERTI (I)

Scivolavano in brandelli, oggetti semoventi
iridati di pupille, abbracciati
da lenzuoli in fiamme, anelati dal vento:
crollando
si sgranavano barbagli d’identita’,
insanguinati grumi di linguaggi.
Da sommi cieli, olimpico il canto della macchina intelligente.


DA UN VERBALE

Non so possa dirsi
se un cadere
di rintocco stordito. O
un lontano fumo.
Non c’e’ macchia:
un sospirare rozzo, non ho preso la targa,
dove l’autobus aggirava l’angolo.
Non si vedeva il nome.


UNO SQUILLO A VOLTE

Gireremo nei dintorni, le mani
a scostare siepi. Non dovete
sorprendervi.
Nei lunghi seni della pianura tra folle
d’erba scorgono contadini aggirarsi, le falci
curve, affilate, asteroidi
crollate sul campo.
Levarle alto, lentamente
fletterle sugli steli
del lungo prato, fino al verde sangue
della rescissione. Gli steli
s’abbandonano franti,
le braccia mortalmente stanche.
Lontani contadini
scrutano da nidi di colli.
Dubbio
se riuscira’ a incontrarli, poiche’ il sole
precipita. Solo da gioghi
sembra udire una banda: uno squillo appena.


DA DESERTI (II)

Quelli che, quelli che non dicono, o
esistono scanditi
dal silenzio delle bombe: arruffate
giraffe in corsa.
Non si sa se respirano,
o dormivano, o si stringono
congiunti o ridevano
bevendo: ora solo fiato
di caccia umana.


ROSSO

Ci congiungiamo a morsi: come colmo d’ansia
e’ il canto spiegato dell’alleluja. C’inseguiamo
per vicoli strani: lo mormorano le vegliarde
elemosinanti ai bordi dei marciapiedi, le autostrade in fuga
sulla pellicola della terra,
le folle che assediano le stazioni…
Sulle fronti solo, vendicatore s’asciuga un rosso rivo.


OZI (II)

A ginocchi serrati, su cordigliere
di grattacieli, siede il silenzio ovale
a lisciarsi i capelli.
Avvinti alla peluria della terra, ognuno,
nella sospirata corsa, un istante
l’abbraccia senza saperlo.


CANTO DELL’EDUCAZIONE

Non si vide levarsi in volo le mosche.
Si mangiava regolarmente
in piedi, le narici in silenzio. E il grande sonno
ascendere dall’unghia, adattarsi il sesso, come
dall’uno all’altro polo
la ghirlanda delle autostrade.
Tale dolce zuppa di cane
sulla tiepida tovaglia.
C’e’ un organo nella chiesa.
Non saprete mai
che dolcezza spande
a incantate formiche, vocate
a perseguirsi nella rupe dell’altare.
E un passo d’ape: cosi’ calmo, lento, inesorabile.


AUTUNNI

Franto e’ l’angelo imperiale. Non tuona piu’
l’incrociatore all’alba, i palazzi come orpelli immobili.
Salvo l’irrequieta domanda:
non so se hai visto le rosse torpedini;
uguali a brace nella deserta stanza, dove assorto
canta il suo desiderio il crepuscolo.


AGIRE, CONTEMPLARE

II brusio dell’umano
all’albore come diventa totale clamore
nell’assorta materia; il filo selvoso dove scatta
il brivido del congiungersi; o vagare
il dito sulla fronte, e se puo’ esserci tempo
di guardare il mare senza partire:
l’urlo senza vederlo, il suo
assedio ai monti inauditi,
disperso nelle cosce
di bruma,
umido canto universale,
la solitudine,
le rughe dell’alta sua fronte.


STRANIERI

Un’ora, dimessa la bilancia, solamente
dare: svendersi.
Dubitare della quota.
Erano ceruleo smalto
le magnolie, nel giardino
che scrutavo dalle strette
imposte serrate. Solo che l’altro
era inutile cerimonia.
Stranieri: all’orecchio lo mormorava
una sottile, ostinata indifferenza.


LA GRANDE PRATERIA

Cosi’ si traversa la grande prateria,
gli urli sono lontani, un’utile brezza
li decompone in vili scorati sussurri. Sulle schiume
lento s’innalza celeste
un depuratore. Desalina
le lacrime. Il treno,
non c’e’ tempo, fugge.


UN MOMENTO

E un istante svegliarsi sfiorando il capo
alla terra, lisciando
gli arricciati capelli, gli infiniti insetti
che amorosi la mordono.
(“Noi non piu’
ancora c’incontreremo: sii libera
mentre fuggi’ a me. Corri
nel tuo vortice”.)
Esile, sulla fronte sua
scrivere: riposa.


CONFLITTI (II)

Ci sono veli corsari; spezzati promontori che li attendono.
Scialuppe tremanti trascendono le scogliere. Ebbri di
sale, aggrovigliati di penombre, irsuti pesci sciolgono i
loro canti impossibili.
Spandete voi, maree, gli incrostati relitti; a
memoria di chi comanda il tempo e i sospiri.


ISTRUZIONI PER L’USO

Non si puo’ arrossire.
Non si deve piangere. Ne’ oscillare,
o cadere
in ginocchio. Ne’ allentarsi nell’ombra.
Non si deve star
male. Non sta bene soffrire.
Non ditelo alle guardie: sapete,
non e’ adatto sudare.
Non e’ il caso di morire.
Ne’ precipitare
nell’ozio d’invocare un barlume,
o dubitare
di essere gialli,
impallidire di dolore, sbagliare
nell’accoppiarsi.
Deponete le pene.
Educatele se sono
sfrenate, se urlano
dagli occhi di spavento.
Apprendete dall’astrale saliscendi
della borsa. Solo dove ogni video
e’ muto, e dormono i registratori,
le lance degli orologi, i semafori, i pulpiti,
allora soltanto asciugatevi la fronte.


DA UN BLOC-NOTES

E’ tardi, si’ c’e’ un deragliare dove fugge il camion
all’imbraco della galleria. E lampi. Gli esperti
controllano: c’e’ danaro. Si’,
i gomitoli della scarpata, chi e’ crollato nel sonno.
Ma la vita s’allunga,
le costruzioni gia’ s’innalzano, piu’
delle paludi dello smog, anche se
vi sono strane lacrime fuori pista.
Dilatate i sondaggi.
Passeggiate lungo il lago
allora che si e’ stanchi: evitate lo sbandare
in cielo, l’accosciarsi in aria,
dove, certo,
censire si potrebbe il disordine
dei pensieri, dosare
il fungo delle passioni:
se ci fosse tempo.


ARRIVI, PARTENZE

Ricordati, fanciulla. Ricordati
di sbarcare all’alba. I porti sono irti
di grandi uccelli acquattati, le pesanti ali
si allungano sui cavicchi, ombre
dissolte tra fumi. Non temere
i brusii che discendono
dai fanali. Attenta ai gridi. Non potremo,
non ci sara’ nessuna macchina. Le stanze
sono occupate dagli imbianchini.
Scartavetrano
i muri, s’allungano con le braccia, il disordine
frantuma i nostri sonni. I vicini
cosi’ esigenti. Alcuni li vediamo tra i vetri
che si abbracciano. Ricorderai come alte, rosse
sono le stanze. Tutte a tramontana.
Il morire della luna
l’eccessivo grido, non c’e’ ordine. Si stirano
i capelli.
Respira forte, spanditi nella nebbia.
E’ l’umore dei pensieri, le rivelazioni
dell’avvento; anche se chiedono passaporti,
li rivoltano (sai frugando come allungano
mani pesanti).
Non potremo esserci, le nostre albe sono avvinte.
Ci chiamano. Bisogna fare colazione.
Aprire le labbra.
Tu pero’
t’inoltri, l’alta gamba soda
sul tacco sottile. I netturbini sentono
e si voltano. Non possiamo venire.
Il sonno dorme ancora
pesante sulle palpebre nostre, uguale
a incerto stormo. Non avere
paura d’incedere nella tua alba.


LA BREVE POLVERE

Eppure, luce
ti spandi
scuoti la breve polvere
nostra, scavalchi
astri, nidi di galassie
dilaghi tra bui vortici
incontro ad altri soli.


VI RACCOMANDO

Non c’e’ tempo; fuggiamo
verso il metro’, verso la luna, verso le nevi
dei terminal, verso l’ossesso fuggire
alla morte, si’ ci attendono
a Liverpool, davvero vorremmo
scendere; ruzzolavamo sempre
nella brughiera purpurea, sempre,
l’umido, l’attendere,
l’orlatura la’ dove stanno
le luci degli indicatori: e’ vero, sappiamo
dei temporali, dall’autogrill si scoprono bellissimi tramonti
e i pensieri divampano lenti, come rauco sonno,
sai che dormiamo nelle macchine,
cantiamo nelle macchine, ci srotoliamo
come serpenti in infiniti tapis roulant, anche se
ora non c’e’ tempo, e gli orologi gentilmente
ci sorprendono ogni secondo, ci scoperchiano
acquattati, ci agguantano,
tuttavia,
vi raccomando, non appoggiatevi
tanto ai muri.


TRAVESTIRSI

Sono sospiri: appena. Ma si susseguono: valanghe
di desideri.
Cadono nella rete:
stranamente si travestono: seppure sapendo
che non v’e’ sentiero per sospiri.
Nel freddo nevoso della torre
li guardano fumando.
Sorridono. Alzano la mazza:
scilp! Sibilando
la fanno roteare.
Ma i dubbi sono mappe di reami
abbandonati alla libidine del cercare,
esantemi del viaggio.
Temete le paludi.
Non invocate la buona morte:
non sara’ data.


LIEVE SUDARE

Madre che desti luce
ne’ giammai conosciuta
ignota onnipotente
che stretto abbiamo in catene
e cieca noi disperdi fuggendo,
tu che generi ignara
e serri
inviolati linguaggi,
fragili fiati umani
come amari ti stringono:
respiri di inani, perduti
a dipanare un totale filo,
ansioso, lieve
sudare
di pianeta nel buio.


FUORI ORARIO

Allora che ad ali chiuse,
i caldi ignoti pensieri
reclinanti, alcun
grido, e nessun volgersi,
muta in cielo
dissoluzione di uccelli.
Forse leggerli dal tram
in corsa, sporgersi al cielo. Disdire
l’appuntamento. Scrutare
dove s’allunga la nebbia.


SOLO INVOCATI

Ecco i segni erti, le bandiere fuggenti
nei fangosi crocevia di binari dove
s’alza il canto della lingua:
araldi senza orifiamma, inascoltati
a noi il nostro nome,
solo invocati dalla loro legge.
Uscite quieti
lungo la strada, nel tenero preludio
serale. Non si sa dire
perche’ febbrili
si scatenano campane a stormo.


FUOCHI

I

La sera della sconfitta s’ode
una tromba lontana: pone allori
sulla fronte, lentamente
divarica le labbra nello squarcio.
Sottile un urlo
s’allunga nelle dune
dei visceri. Giuri. T’ammanti.
Alzi il ponte levatoio. Scruti
il sangue. Vivi
perche’ perdesti il tuo sangue. Ti perdi
perche’ non chiedi a te
se chi ti sconfisse e’ nemico
o fratello, e chi ti abbandono’
diserta o chiama.

II

Come s’incrina
la fronte della passione.
questi curiosi corvi senza lacrime.
Come le pianure s’assopiscono
nell’accendersi pallido. Tutti
lo sanno prima di scomparire,
fiumi della vita, stanchi
che bussano.
Non ci sono ritorni a casa. Ne’ vuoti senza silenzio.


OH, RAGIONE…

Le chiavi affidale
a un’ombra un’inclinazione
dell’aria: sepolta sentinella
che frusti dove
ti ubriachi
scendi nell’orda del desiderio;
e ti richiami
all’utile, attizzi
la tua fame, ti obblighi
al dio della misura…


GIUDIZIO UNIVERSALE

E anche in cielo,
nel silenzio senza tempo,
anche Tu
esistente inesistente,
i climi, i pallori,
i desideri nemmeno
nati, le dubbie
mutazioni, le non dubbie
la spada Tua di giustizia
affilata tagliera’, affinche’ in luogo stesso
che non e’ luogo
trionfi
l’ordine della comparazione, come l’oste
la bolletta, il medico la ciotola di sangue,
anche tu Padre
senza il dono del gratuito,
condannato alla giustizia.


PREGHIERA D’ASTRONAUTI

Che non si stanchi la luce
che non si divincoli
che non si stanchi di gemere il sole
non frani
non si laceri il velo
sottile
non si riposi l’ansia,
e il disordine dentro l’ordine
che non s’allontani.


CANZONE DI YOKOHAMA

Venite perche’ bussano. Irrompono dal
grande balcone spalancato. Si sentono
vociare, ridere, indefessi
gendarmi lucenti. S’accapigliano. E siamo circondati.
Imbandiscono
un desco sfavillante che fa orrore.


PACE

Pace ai frantumi agli impazziti;
ai muti muri
mai sorti;
agli uccelli insensati;
alle immobili foreste all’impossibile liberazione del sonno
ai templi dell’irriso desiderio.


DISTANZE

Eppure siamo lontani, dispersi,
non ci saldano
le folli corse nostre
nell’agire,
il sussurro del video, la sete
di comando, il desolato desiderio
di stringerci nella parola.


CRONACHE

Non sapevamo dov’era la sponda,
non trovammo i segni, ma torri, orme
talune sommerse, pensieri
testimoni lasciati dagli inermi, dove
solchi sembravano slargarsi
in vento di passione comunitaria:
sporgetevi sui volti, i libri
contestati, le deflagrazioni della sconfitta:
la’ trascorse, avvampo’
la nostra vita.


SCOMPARSE

C’e’ lento un sapore della morte,
sottile sporgersi all’ultimo lucore:
non c’e’ soffi, ne’ stridere
dell’uscio, non si vede
l’angelo: eppure
l’istante dove fu fissato
in volto, quello sguardo
quanto pagheremmo
durasse.


COME CORSA

Questa luce della parola,
suoni che s’abbracciano stretti
e spandersi nel segno
come corsa su lembo dove mare
non giunge eppure incombe.


EXIT

E un tratto mi perdo, mi sporgo:
da un ciglio stupefatto
i gridi, e duelli, le catene
del conflitto,
l’impallidire degli eventi
l’ondularsi inconoscibile della distanza.
Rari suoni ormai dal labbro, prima del silenzio.


MAI

Una neve cosi’ grande, e lene. Mai
vista spandersi
con tanta ricchezza d’ali,
senza voci, ne’ crolli,
cosi’ nuda.
Si puo’ mirare questo termine
del conflitto, l’inabissarsi
delle coscienze:
apprendere questo lungo canto immobile.